Don Antonio Farías de Saá, portugués que vivía en el norte de nuestro país por 1630, quería tener una capilla en su casa y le encarga a un marino amigo que le trajera en uno de sus viajes una imagen. Su amigo trae dos desde Brasil y al llegar al puerto las cargan en una carreta.
Hicieron un alto para pasar la noche en la posta de Don Rosendo cerca de Luján. Al día siguiente al querer continuar el viaje, los bueyes no se movían, decidieron ir bajando cosas de la carreta para aliviar un poco a los animales. Aquí vino la sorpresa que cuando bajaban una de las dos cajitas, los animales se movían.






