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Sus memorias atesoran anécdotas y vivencias de distintas épocas
Florinda Bottoni tiene 102 años y Primo Di Martino, 87. Son de los habitantes más antiguos. “Y aquí seguiremos”, coinciden. “Ahora es mejor que antes, está todo muy lindo”, dice ella. “La zona era la más limpia del Gran Buenos Aires”, cuenta él.
Yo siento alegría por los 100 años de Echeverría, pero yo le gané, lo pasé”, dice entre risas Florinda Bottoni, quien tiene 102 años y vive hace 62 en el Partido. Por su parte, el italiano Primo Di Martino (87), que se radicó tres cuartos de siglo atrás en la zona, exactamente en 1937, admite: “Estoy contento, no me arrepiento de haberme quedado. Aguanté todos los gobiernos, todo, así que seguiremos luchando”. Historia viviente del pago chico, estos dos vecinos, que tienen sus casas a pocas cuadras de diferencia en la localidad de Monte Grande, no se conocían. El Zonal los reunió para rememorar en plena víspera del centenario algunas de las miles de anécdotas que atesoran de su vida en Echeverría.
Aunque la localidad ya no es la misma, ellos aprendieron a aceptar los cambios. “Me gusta vivir en Monte Grande, ahora es completamente pueblo, está edificado, mejor que antes. Todo me llama la atención porque está muy lindo”, marca la coqueta Florinda, quien no duda en sonreír para la foto, mientras Primo aguarda caballerosamente para hablar con ese tono dulce que lo caracteriza. “Uno le toma cariño a Monte Grande, porque entre las ciudades del Gran Buenos Aires era la más limpia. Nosotros vivíamos como a siete cuadras de la estación y había tal tranquilidad que hasta se escuchaba el silbato del guarda del tren”, dice Di Martino. Y sobre el paisaje natural que servía de entretenimiento al salir de la Escuela N° 1, recuerda: “En la Laguna de Rocha había ranas, anguilas, pescados de toda clase... Faltaban ballenas nada más. Iba a pescar y sacábamos mojarras, palometas y bagres. Como éramos chicos pobres, usábamos una caña con un piolín y el anzuelito”.
En cambio, Di Martino, quien hoy difunde en un blog sus hermosas obras plásticas y las historias que recopiló en tres libros de su autoría, supo ganarse la vida como empleado dactilógrafo en Capital. “Iba a trabajar en el tren a vapor. Había dos categorías: de primera, con un asiento blandito, y de segunda, con asientos como los de plaza, de varillas de madera. Los horarios se respetaban y cuando el tren llegaba a la estación, el guarda bajaba, vigilaba y daba la orden cuando estaba todo listo. Era una maravilla”, detalla sobre el servicio que fue electrificado en noviembre de 1985, otra de las vivencias que se inscribe entre sus tesoros de Echeverría.
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